Las cicatrices nos recuerdan donde hemos estado, pero no deben marcar hacía dónde vamos.

¿Has observado los árboles y su tronco? Con esas gritas profundas las cuales los rodean.

Cierra los ojos e imagínate el árbol, pon tus manos en él acariciando cada una de sus señales. Y ahora piensa en ti: acaricia cada una de tus cicatrices meditando con amor sobre cada una de tus marcas,  por más dolorosa que hayan sido.

Las cicatrices nunca deben marcarte hacía dónde vas… pero si te recordarán hacía dónde no quieres volver a regresar. Nuestra memoria espera el regreso de algo sucedido en el pasado para que se repita de la misma forma tal cual sucedió antes; siempre trataremos por todos los medios no ser marcados por lo vivido.

Así que recuerda: ¡lo ocurrido no marca hacía dónde vas ahora!